Siempre he sido de lágrima fácil. Eso me han dicho. También me han dicho que soy demasiado sensible, una llorona. Sigo siéndolo, aunque a veces no sienta nada, o lo sienta a destiempo. Otras veces, se me abren las compuertas ante tanto peso de mis propias emociones, que me desbordan como si fuera un vasito minúsculo de chupito. Es casi binario, cero o nada.
A veces no lloro cuando la situación es triste. No siento nada, tengo que salvar la situación, disocio, sobrevivo, sostengo. Otras, como hoy, lloro como una magdalena por el simple hecho de defender mis derechos, por opinar, sabiendo que estoy nadando contra corriente, que mi opinión no es la de la mayoría. Lloro porque siento que me puede caer encima una injusticia, y lucho porque no pase, pero me duele, porque pedir lo que necesito me hace vulnerable, una diana visible a otros. Creo que lloro por enfado. Se puede llorar por el enfado minúsculo que supone luchar por tus derechos, por alzar la voz y recordar que tus derechos existen?
Otras veces lloro cuando alguien me pregunta honestamente cómo estoy. Lloro cuando soy vista, cuando puedo poner voz a lo que necesito. No sé por qué lloro en esas ocasiones? Es miedo a ser vista y que al otro no le gusta lo que vea y me rechace. Por tener que recordar lo que necesito? Por ser diferente? Por sentirme vulnerable?
Llorar después de pelear mis derechos me deja todavía en tensión. Es un claro miedo a represalias, a ser una lata, a que me abandonen. Llorar tras relatar lo que me pasa, cómo estoy, cuando me han preguntado, me deja relajada, como si me hubiera quitado un peso de encima. Pero quiero ser capaz de hacer ambas cosas sin llorar, sin una respuesta que se considere patológica. Sé que todos tenemos derecho a llorar, pero hay entornos en los que no es socialmente aceptado. No puedo ponerme a llorar en reuniones de trabajo cuando alguien me pregunte cómo estoy, o si necesito defender mi opinión. Es en momentos así en los que agradezco que el 95% de las conversaciones son por escrito. Bendito trabajo remoto!